Después de hacer unas diligencias en la alcaldía, pasamos frente al mercado. Era casi mediodía, así que no había mucho que comprar ni escoger. A esa hora, el silencio del mercado es casi inimaginable con respecto al bullicio de las primeras horas, pero entramos igual a fisgonear. Quedaban algunas verduras y los indescriptibles peperoncini.
Siempre me han gustado los mercados. Hay una vida distinta a la de los supermercados, que pueden resultar más cómodos para la compra general, pero en aquellos podemos encontrar algunos productos locales o preparaciones que nunca verán la luz artificial de las grandes superficies.
Hay también un intercambio humano diferente. La señora de los brócolis siempre tendrá una historia que contarnos, el señor de las sobresadas nos dará detalles de su tiempo de maduración y el señor del queso hablará de sus cabras como si fuesen sus mascotas.
Un mercado es un mundo aparte.



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