Vivir de prisa y sin pausa: el corto camino hacia el estrés crónico

Una reflexión sobre la urgencia de vivir

Esta semana vi un podcast que me movió un poco por dentro. Hablaban de las diferencias entre los ritmos de vida en Latinoamérica y Europa, con un grupo de jóvenes latinoamericanos —de unos 28 a 40 años, calculé— que ahora viven en sitios como Italia, España y Alemania. Contaban cómo enfrentan esa urgencia moderna desde que dejaron sus países, y aunque yo ya pasé los 62 y estoy empezando un nuevo capítulo en otro lado, me vi reflejada. Porque yo también sé lo que es correr sin parar, venir de una capital latinoamericana donde todo es caos, ruido y prisas, y sentir que el tiempo te pisa los talones.

Hace un año me mudé al sur de Italia, a un pueblo pequeño junto al mar. Aquí la vida es otra cosa: tranquila, casi suspendida, y que aún me produce un poco de ansiedad, sobre todo a la hora del almuerzo. Desde el mediodía hasta las cuatro y media de la tarde se cierran las compuertas de la actividad comercial. Se almuerza e si riposa (se hace la siesta). Paradójicamente, son las horas en que mayor concentración tengo, trabajo más, escribo y leo. Para alguien como yo, que creció y vivió en una ciudad grande donde siempre había que estar haciendo algo —trabajar, correr al mercado, esquivar el tráfico—, esto es un choque. Al principio no sabía qué hacer con tanta calma. Me sentía rara, como si estuviera perdiendo el tiempo por no estar ocupada (síndrome que me acompaña aún), pero con los meses este ritmo lento me ha ido abriendo los ojos.

En el podcast, un colombiano en Berlín decía que en Medellín el tiempo era más flexible, que podías quedarte charlando en una esquina sin mirar el reloj. Yo lo entendí perfecto, porque en mi ciudad también era un poco así, aunque siempre con esa urgencia de fondo, esa necesidad de resolverlo todo ya. Una mexicana en Madrid dijo algo que me sonó familiar: “En América Latina vivimos el presente porque es lo único seguro; en Europa, muchos corren por el futuro y por la pensión”. Y yo, durante mucho tiempo, hice las dos cosas: vivía acelerada, queriendo controlarlo todo, como si parar fuera un lujo que no me podía dar. Ahora, sigo siendo activa —camino todos los días, subo las cuestas del pueblo, trabajo, voy al club de lectura—, pero ya no aguanto esa presión de hacer mil cosas a la vez. Antes me enorgullecía de eso, de ser la que podía con todo, pero ahora solo me cansa pensarlo.

Vivir esta realidad aquí me ha cambiado. No es que todo sea perfecto ni que haya olvidado mis hábitos de capitalina (me gustaba y me gusta sentir un poco de esa presión y apuro). Todavía hay días en que me pongo ansiosa, en que miro el celular esperando algo que no llega o siento que debería estar “produciendo” más. Pero luego salgo a la calle y algo en mí se suelta. Este pueblo me ha enseñado que no pasa nada si no lleno cada minuto, que estar viva no significa estar siempre en movimiento. El estrés que cargué tantos años —esas noches sin dormir, ese nudo en el pecho— se ha ido aflojando, y con eso he sentido cómo mi mente respira mejor. Hay una claridad que no tenía antes, una calma que me deja pensar sin que todo sea un torbellino. En efecto, estos últimos cuatro meses he escrito como hacía tiempo no lo hacía, y he podido adelantar el material de los dos libros que tengo pensado publicar este año.

Dicen que bajar el ritmo ayuda a la salud mental, y lo creo: aquí he dormido noches más largas, he sentido menos peso en los hombros, y hasta las pequeñas cosas —el olor del pan recién hecho, el sol en la cara— me producen una alegría inmensa.


Los del podcast también dieron ideas que me parecieron útiles para manejar esa prisa que a veces vuelve. La peruana en Milán hablaba de buscar pausas intencionales: caminar sin rumbo, comer sin reloj, desconectarse un rato de las pantallas. El colombiano mencionó que escribe lo que siente cuando está abrumado, como una forma de sacarlo de la cabeza. La mexicana dijo que a veces se obliga a decir “no” a cosas que no son urgentes, aunque le cueste. Son consejos simples, pero poderosos. Parar así no solo alivia el estrés, sino que te devuelve a ti mismo; te da espacio para sentir en vez de solo reaccionar. Y eso, con el tiempo, se nota: menos ansiedad, más paz interior.

En mi caso, no solo se trata de controlar el estrés —que lo intento, día a día—, sino de algo más grande que esta nueva etapa me está enseñando. Rodeada de gente mayor aquí en el pueblo, viendo cómo algunos caminan con bastón y otros aún caminan sin ayuda, he empezado a pensar más en mi salud física. No solo en estar activa ahora, sino en llegar a la vejez con cierta autonomía. Quiero seguir subiendo las cuestas sin jadear, quiero seguir escribiendo sin que me duela la espalda. Me hace querer llegar a la vejez con la mente despejada, sin esa neblina que deja el estrés cuando se queda demasiado tiempo.

No digo que este lugar tenga todas las respuestas ni que me vaya a quedar para toda la vida. La urgencia de vivir sigue siendo parte de mí, un eco de la ciudad que dejé atrás. Pero ahora, desde esta calma junto al mar, veo las cosas distintas. Quiero seguir siendo activa, sentirme fuerte, pero sin esa locura de antes. Como siempre pasa en un lugar pequeño, sin el despelote de la gran ciudad, aquí el tiempo no te empuja; te acompaña. Y yo, por fin, estoy aprendiendo a caminar con él, no contra él, sabiendo que esa calma no solo me está ayudando con el estrés, sino que me está dando años de vida más plena, en cuerpo y alma (pero apenas pueda, me iré unos días a Milán, para vivir un poco de estrés del bueno).


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