Personalización nutricional o clasismo dietético

La recomendación de la que algunos profesionales de la alimentación quieren separarse…

¿Alguna vez sentiste que una dieta “para todos” no era para ti? Esta semana, quiero contarte algo que escuché en una conversación privada entre expertos en nutrición, y cómo una simple frase—aparentemente inofensiva—abrió una discusión sobre jerarquías, contextos y la urgente necesidad de personalizar lo que comemos.


El jueves pasado, después de grabar el episodio del pódcast, entré a una reunión virtual para escuchar a dos nutricionistas, un dietista, dos coaches de salud y bienestar y un empresario de pastas y salsas artesanales, sobre los regímenes dietéticos que se deberían fomentar en los próximos años.

Al principio, la conversación estuvo muy animada y casi todos coincidían en que los regímenes alimenticios han cambiado mucho -algunos incluso creen que va a peor-, entre otras cosas por la animadversión que han despertado el azúcar y ciertas grasas vegetales o “inflamatorias”.

Unos explicaban por qué era preferible no utilizar ciertos saborizantes de manera industrial, otros consideraban que el azúcar era una especie de droga dura con alcances de adicción, y otros más atacaban los empaques plásticos como si fueran los culpables de todas las enfermedades autoinmunes… Hasta aquí, todo bien, pero llegó mi sorpresa mayor: uno de los dos coaches de salud y bienestar habló de “clasismo” cuando una nutricionista recordó que para ella el mejor régimen, con algunos cambios que sugirió, era comer más abundante al comienzo del día e ir disminuyendo a medida que se acercaba la noche. A esta coach, la famosa frase “Desayuna como un rey, almuerza como un príncipe y cena como un mendigo” le parece que es una de las cosas más clasistas del siglo pasado.

Y ahí fue cuando sentí que se tocó una fibra clave. Porque, más allá de si la frase es o no clasista, lo verdaderamente inquietante es que seguimos diseñando dietas como si todas las personas tuvieran los mismos horarios, el mismo metabolismo, el mismo estilo de vida, el mundo emocional equilibrado. Como si todos despertáramos felices, a las 7 a.m. listos para un desayuno de reyes.

Jugos verdes y el sistema deep clean fueron masacrados por casi todos los profesionales de la nutrición

La famosa frase del “rey, príncipe y mendigo” suena bonita, casi sabia. Pero parte de una lógica jerárquica que, sin darnos cuenta, refuerza una idea peligrosa: que hay una única forma correcta de alimentarse. ¿Y si no soy una persona matutina? ¿Y si trabajo de noche? ¿Y si no tengo hambre al despertar? ¿Qué hacemos con quienes no encajan en esa estructura?

Nos han hecho creer que comer bien es seguir una fórmula estándar. Que si fallamos, la culpa es nuestra, cuando en realidad, muchas veces el problema es el molde, no el cuerpo. Nos hemos acostumbrado a regímenes diseñados desde ideales que no reflejan la realidad, o en todo caso, no todas las realidades caben en el mismo modelo. Y en esa rigidez, muchas personas acumulan frustración, confusión y hasta culpa.

Pero comer no es solo una ecuación de calorías, macros y horarios. Es también identidad, historia, emociones, cultura y contexto. Y en un mundo donde las tasas de obesidad y trastornos alimenticios no dejan de crecer, seguir insistiendo en planes universales es, como mínimo, irresponsable.

Lo verdaderamente saludable hoy no es seguir una regla. Es atreverse a construir una alimentación hecha a medida: basada en tus ritmos, tus necesidades, tus preferencias. Una alimentación que se adapte a tu vida, no al revés. Pregunta a tu alrededor, y verás que casi ningún dietista le pregunta al paciente qué detesta comer, qué le gusta comer, a qué hora se va a la cama… ¿Por qué come ciertos alimentos? ¿Qué te detona querer comer a medianoche? Un médico que no hace preguntas, es un médico postizo. Lo digo con las letras claras.

Porque no se trata de comer como un rey ni como un mendigo. Se trata de comer como tú necesitas. Y eso, aunque suene simple, es quizás el cambio más revolucionario que puedes hacer.

En mi libro Despierta tu paladar, voy a publicar cómo adelgacé los primeros ocho kilos cuando llegué a mi máxima expresión de gordura (el total fue de 30 kilos menos). No hice la “clásica dieta”, tal como lo dije en el episodio , (de Hambre emocional, que puedes escuchar aquí) me prometí que nunca más haría una dieta. Cuando se lo digo a las personas que me preguntan, no me creen. Y entiendo por qué: las creencias nos dejan parches en la mente difíciles de quitar si no nos damos la oportunidad de ser algo más flexibles. Tenemos tanta mala información internalizada, que damos por cierto y saludable, lo que es casi abominable en términos dietéticos. Escribiré sobre este “régimen” más adelante, o grabaré un episodio para el pódcast. Lo voy a pensar.


El miércoles pasado estrené el cuarto episodio en Al gusto y al dente: “Movimiento y vida activa”. Si crees que con ir al gimnasio tres veces a la semana ya es suficiente para autocalificarte como persona activa… te invito a escuchar este episodio, porque hoy verás cómo el movimiento diario, más allá del entrenamiento, impacta tu bienestar.


Nos vemos en la próxima publicación.

Que la comida de hoy te abrace de vuelta,
Cinzia


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