Cientos de veces hemos escuchado que el desayuno es la comida más importante del día. Nutricionistas, médicos, padres, madres y abuelas nos lo han repetido desde que éramos pequeños. Pero ¿realmente es la comida más importante del día? No. Desde el punto de vista nutricional es una comida más. En todo caso, es una de las comidas más discutida junto a la cena. Los desayunos, al igual que las otras comidas diarias, son una referencia cultural, por lo que en cada región del mundo adquiere una significación propia.
En defensa del desayuno los argumentos médicos son varios: nos hace estar más alerta, nos mantiene más delgados y trabajamos más y mejor. Nos advierten también que ayuda a acelerar el metabolismo, lo cual es un factor beneficioso para prevenir la obesidad. Asimismo, los nutricionistas nos alertan sobre las consecuencias de no desayunar: baja el rendimiento físico e intelectual, sentimos un decaimiento general, aumenta el mal humor y nos falla la concentración. Sin embargo, pese a estas observaciones, lo cierto es que el régimen alimenticio del ser humano ha variado mucho desde que hace dos millones de años el hombre aprendió a cocinar, por lo tanto, las costumbres y rutinas de alimentación han evolucionado.

Hoy, para muchísimas personas sería impensable salir por las mañanas sin desayunar, pero en el pasado no siempre fue así. Las clases sociales marcaban la diferencia entre quienes comían tres veces al día y quienes comían apenas dos veces en la misma jornada o incluso una. Los horarios de las comidas también eran diferentes de los actuales, pero lo que marca una diferencia importante es que el desayuno no siempre fue considerado una comida primordial como ocurrió a partir de la llegada de la Revolución Industrial.
Partimos, por ejemplo, de los griegos antiguos. Su alimentación era frugal, más que por costumbre, en realidad su frugalidad reflejaba las difíciles condiciones de su agricultura. Los productos de base del régimen alimenticio de la clase más pobre eran los mismos como en casi todo el mediterráneo: cereales, aceite de oliva y vino. Los antiguos griegos de la clase social alta sí hacían tres comidas al día. La primera consistía en pequeñas hogazas de pan de cebada mojadas en vino puro, al que eventualmente le agregaban higos o aceitunas. La segunda era el almuerzo, que se tomaba al mediodía o al principio de la tarde; y una cena, considerada la comida más importante del día, que tenía lugar generalmente a la caída de la noche.

Con respecto a los antiguos Romanos, estos tenían una comida para las primeras horas de la mañana, el ientaculum. Era más bien un refrigerio que se podía tomar o no, según las necesidades de cada persona, sin embargo, esta comida no estaba codificada dentro del ritmo de las comidas, no era la comida más importante. Se tomaba entre las siete y las nueve de la mañana. El producto estrella era un pan seco, aderezado con sal, aceite de oliva y a veces remojado en vino puro, tal como lo hacían los griegos. Al pan le agregaban otro ingrediente importante de la gastronomía griega: el queso. Los más pudientes añadían al pan otras opciones como leche, miel, frutas y huevos.
Por otra parte, en la Edad Media, época en que el mundo occidental conoció de muchas hambrunas, las jerarquías sociales se imponían cruelmente; la comida era un importante marcador de estatus social. La sociedad se dividía en tres grupos: la plebe, el clero y la nobleza. La relación entre estas tres clases sociales era marcadamente jerárquica. Se esperaba que los plebeyos se mantuvieran dentro de su clase social y respetaran la autoridad de las otras dos clases dominantes: el clero y la nobleza. Mientras los trabajadores debían arreglárselas con pan duro de cebada, algo de carne de cerdo salada; los nobles cenaban carne de caza fresca sazonada con especias exóticas.

A finales de la Edad Media, comenzó a manifestarse un cambio en los estratos sociales. Los mercaderes y comerciantes vieron crecer sus riquezas, y los plebeyos, queriendo emular a la aristocracia, amenazaron con romper algunas de las barreras simbólicas entre la nobleza y las clases bajas. La respuesta a la sacudida social se manifestó de varias maneras, una de ellas fue la aplicación de leyes suntuarias que pusieron límite a la esplendidez de los convites plebeyos.
En el Renacimiento, la gastronomía cobró una especial relevancia. El factor determinante fue el descubrimiento de América, de donde llegaron nuevos alimentos como la papa, el tomate, el maíz, el cacao, el tabaco, los frijoles, la vainilla, la piña y el aguacate, entre otros productos. A partir de ese momento histórico, el intercambio económico y cultural acortó una distancia entre Occidente y Oriente.

Saltemos al siglo XIX, con la Revolución Industrial de la mano. La mesa de casi todos los humanos cambió muchísimo. Los nuevos horarios de trabajos, las nuevas profesiones, la integración de las mujeres a los ámbitos industrial y profesional lograron cambios significativos en las rutinas de los hogares. Las cocinas cambiaron sus diseños de acuerdo a las necesidades culinarias del momento. Los espacios de las casas se ampliaron y las reglas sociales cambiaron de horario. También se unen a estos cambios la aparición de nuevos estratos sociales y la vida se vuelve un poco más agitada. De muestra tenemos al recién pasado siglo XX.
En el siglo XX se incorporan los desayunos «saludables» como el Corn Flakes, que son desayunos industriales que penetraron casi todos los mercados internacionales. También aparecieron los programas de cocina en horas de la mañana que invitaban a las amas de casa a preparar los almuerzos del día, pero nunca el desayuno. Estoy convencida que el desayuno se convirtió en lo que es hoy gracias a los cambios que se dieron en la calle. Las salidas de casa muy de mañana y el uso del transporte público cambió la manera de relacionarnos con esa primera ingesta.

Sigo pensando que no necesariamente es la comida más importante del día, pero es uno de las que más disfruto preparar y comer. Añoro los días que llegaban los amigos a casa para desayunar como si no hubiese un mañana. Por supuesto que era el día domingo el día reservado para esto, aunque se colaron también algunos brunch los sábados, tema que dejaré para otra entrada.
Les dejo una galería de desayunos que amo con locura (no les doy ninguna receta porque con ver las imágenes sabrán de qué se trata y podrán replicarlas sin problema).
Y si son parte del grupo que les gusta el desayuno, sigan haciéndolo. Yo los acompaño.









Descubre más desde Pomodoro Food
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.