Amigos, aromas, sabores y recetas
El domingo es el día ideal para cumplir con un ritual especial: ver a los amigos y saborear algunas cosas en el mercado. Es el día de no ir de prisa, pero tampoco para perder el tiempo. El pasado domingo el cielo amaneció un poco oscuro porque llovió toda la noche, así que es mejor llegar temprano, porque, en el fondo, el mercadito es el alma vibrante de la mañana, aun en invierno. Cada estación tiene sus productos característicos y las recetas vuelan de puesto en puesto: cada persona detrás del banco (así llaman en italiano al puesto o mostrador) te va a regalar la mejor receta del producto que vende. A mí este gesto me parece genial, aunque a veces puede ser abrumador.
Inciso aparte, en Italia y sobre todo en los pueblos, te van a preguntar sí o sí qué vas a cocinar al mediodía o en la noche, o en su defecto, qué comiste o que vas a comer, depende de la hora del día. Como escribí en un post de Instagram el año pasado, cuando llegué al aeropuerto Fiumicino: En Italia, la gastronomía es parte del oxígeno que se respira día y noche, puedes ver a qué me refiero en la publicación original que te dejo aquí.
Seguimos en el mercado. Camino entre los puestos con mi carrito de la compra, saludando a los rostros que comienzan a ser familiares: Antonio, el señor de las aceitunas y el bacalao; Luigi, el de la fruta, y así voy. Primero, paso por el banco de los cítricos: clementinas, naranjas sanguinas y limones con hojas aún frescas cuelgan de cajas de madera perfumadas. Sono dolcissime oggi, me dice Luigi, el productor que lleva décadas cultivando estos frutos en su pequeña finca. Pruebo una rodaja de naranja sanguina y la dulzura ácida me transporta a las ensaladas que hacía mi papá: ensalada de hinojo, aceitunas negras y naranjas, con un toque de aceite de oliva y sal. Y cuando no había naranjas, la lima era la protagonista: lima en rodajas, vinagre, aceite de oliva y sal. Pruébenla, no es ácida, y pueden agregarle un hilo de miel con aceite de oliva.
En el puesto de verduras, hay alcachofas tiernas, brócoli rabe y coliflor morada, que aquí llamamos cavolfiore viola. A mi mamá le encanta, a mí no tanto, pero le pregunto a Francesco, el agricultor, cómo las cocina él: Mientras cocinas la pasta con unos corazones de coliflor, pon en un sartén aceite de oliva, ajo, anchoas picadas y un poco de peperoncino, después llevas la pasta y el coliflor a la sartén, lo dejas tres minutos y sirve, responde. Tomo nota mental para probarlo en un próximo almuerzo sencillo.

Al lado está el banco de Vincenzo, el quesero, que además de queso, tiene siempre especias de sus tierras: Rosmarino (romero), salvia, tomillo y laurel atados en pequeños ramos. (Casi siempre me los regalan). Teresa, la esposa de Vincenzo, me alcanza una ramita de orégano seco. Este es de la montaña, más fuerte, más fragante, dice con orgullo. Lo guardo (aunque en la casa tengo mucho) para preparar un pan casero con aceite de oliva y aceitunas negras. Creo que lo haré para Carnaval.
Vincenzo me ofrece un pedazo de caciocavallo y otro de ricotta salata. Para una buena pasta alla Norma, sugiere, refiriéndose al plato siciliano con berenjena frita, tomate y albahaca, que a mi mamá le queda maravillosamente bien. No me llev{e nada porque todavía tenemos en la casa parmesano y pecorino.
Finalmente, paso por el puesto del pan casero. Tienen hogazas rústicas de semola, aún tibias, que provoca comérselo con mantequilla; pero me hago la fuerte y paso de largo. El olor del pan recién horneado solo se compara al olor del café recién hecho, ¿no les pasa? ¡Me abre el apetito!
Tengo taralli con hinojo, dice Luisa, la panadera, entregándome una bolsa de estos pequeños anillos crujientes, perfectos para acompañar con un vaso de vino casero o con trozos de queso parmesano o pecorino. Aquí no puedo resistirme a comer unos taralli; sería un pecado 😂.

Mientras camino de regreso a la casa, con la mente repleta de ideas para escribir, me encuentro con dos nuevas amigas, una venezolana y una italiana, y presiento que el regreso a casa será tardío, pero no cambio por nada una sentada con las amigas a tomar café y conversar sobre lo acontecido en la semana, y por supuesto, de vez en cuando hablamos de Venezuela, pero tratamos de no ahondar para que la nostalgia no nos haga tanto daño.
Escribo esto y pienso en cómo el mercado de los domingos no es solo un lugar de compra, sino un encuentro con la memoria, la tierra y la gente que mantiene vivas tradiciones (a las que a veces cuesta acostumbrarse), pero sin duda nos llenan la vida de otros colores.
Después de llegar a la casa, vi que tenía higos secos y nueces, también de temporada, y recordé que en diciembre preparé una bandeja para celebrar la llegada de una amiga. Aquí te dejo la imagen y la receta.
Higos secos: los abres en el medio con un cuchillo, pero no lo hagas hasta el fondo para no abrirlos demasiado.
Introduces una nuez o media nuez, va a depender del tamaño, un trozo de queso y puedes rociar por encima un poco de aceite de oliva y miel. Yo lo hice en el plato directamente donde se sirvieron.

Próximas publicaciones:
El jueves lo dedico a temas de Neurogastronomía y escribiré sobre el poder del chocolate negro en nuestro estado de ánimo; y el domingo te hablaré sobre los alimentos que potencian nuestro bienestar emocional (son más de los que pensamos).
Si me da tiempo, el viernes te regalo la receta de la pasta al horno que hice hoy y quedó muy sabrosa (y fotografié todo el proceso).
Hasta el jueves, queridos.
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