Confesión de un desequilibrio emocional
Antes de que pienses que este es otro artículo que te dirá que comas más brócoli y acelga y menos pizza, te juro que aquí nunca leerás una locura de ese tamaño (a menos que seas de los que solo comen pizza, entonces sí te recomendaré que cambies de sabor o vayas al nutricionista).
Hoy quiero hablar de un tema que me apasiona, aunque converse poco de él en público, porque estamos en tiempos de no poder hablar de gordura, alimentación y desequilibrio emocional sin ofender a alguien. Me refiero a las emociones y la alimentación. De acuerdo con la neurociencia, la comida puede ser tu mejor terapeuta (sin cobrarte por hora) o llevarte por caminos espinosos.
Bromas aparte, hablar de las emociones y su bien-estar es un tema que siempre he tenido cerca. Hace muchos años, sufrí un desequilibrio emocional que en mi caso tenía nombre y apellido: hambre emocional. Atravesar ese camino fue tortuoso, pero ya pasado el trago más amargo (del que a veces siento aún un retrogusto), quiero compartir algunas cosas que aprendí transitando ese camino espinoso.
Sin dudas, las emociones son el condimento secreto de la vida. Son esas reacciones internas que nos hacen sentir euforia, nostalgia o frustración. Todos las hemos sentido. Todos. Son respuestas biológicas, psicológicas y sociales que nos ayudan a interpretar el mundo y adaptarnos a él. Sin embargo, cuando estas emociones se desequilibran, la vida se nos indigesta, y aquí es donde la alimentación juega un papel fundamental.

La primera vez que visité un gastroenterólogo fue en diciembre del 2020. La pandemia me estaba pasado factura, y con los antecedentes maternos de un cáncer de colon superado, fui a ver qué era esa sensación de llenura fastidiosa que sentía y no me hacía dormir siquiera cuatro horas continuas. Después de dos horas entre eco abdominal y el resumen de mis últimos 11 meses de vida, llegó la sentencia de boca del médico: “No has digerido todo lo que te ha pasado este año”. Fue así como reconocí mi respuesta bio-sicológica a una situación emocional intensa, disfrazada de calma, que todo estará bien, es decir, no se me da bien eso de correr la arruga.
Desde ese momento, tuve que ver, de nuevo, a las emociones frente a frente, como una mesa bien servida: necesitaba encontrar un equilibrio entre lo dulce y lo salado, ácido y amargo. El problema es que muchas veces intentamos compensar nuestras emociones con lo que comemos, y no siempre elegimos lo mejor. El estrés, la ansiedad o la tristeza pueden llevarnos a devorar alimentos ultraprocesados, ricos en azúcares y grasas saturadas, como si fueran un abrazo en forma de comida. En mi caso, el horario de comidas en la oficina de ese momento y las cenas llenas de cualquier cosa que encontrara en la nevera comenzaban a socavar mi sistema digestivo, y lo que parecía un consuelo momentáneo podía transformarse de nuevo en un desequilibrio a largo plazo, y eso no lo iba a permitir. Ese lujo no quería dármelo y no quería retroceder 20 años atrás para revivir mi relación con el hambre emocional. Mis intestinos y mi sistema digestivo eran importantes y tenía que hacer algo.

El médico me explicó que el intestino, conocido como nuestro “segundo cerebro”, alberga millones de microorganismos que regulan no solo nuestra digestión, sino también nuestras emociones. Una microbiota sana contribuye a la producción de serotonina, la hormona de la felicidad, mientras que una dieta cargada de ultraprocesados y carente de fibra puede alterar este equilibrio, afectando nuestro estado de ánimo. En otras palabras, lo que comes influye en cómo te sientes, y cómo te sientes influye en lo que comes. Un círculo vicioso o virtuoso, según lo veas.
Si abusamos del azúcar, por ejemplo, (no es mi caso, yo casi no tomo azúcar) nos subimos a una montaña rusa emocional: primero una explosión de energía, luego un bajón que nos deja irritables y agotados. Exceso de cafeína (tenía cafeína para regalar todo el año): nerviosismo e insomnio. Falta de grasas saludables: problemas de concentración y memoria. Y ni hablar del alcohol (tampoco es mi caso), que, aunque parece un buen aliado para liberar tensiones, al día siguiente nos deja atrapados en un torbellino de tristeza y ansiedad. Todo lo que comemos tiene una respuesta emocional, aunque no siempre lo notemos.
Entonces, ¿cuál fue la receta que me dio el médico para mantener mis emociones en armonía? Primero, tener contacto con ellas, no evadirlas; es decir, no girar la cabeza ante una emoción, es mejor enfrentarla y reconocer lo que hemos sentido. Segundo, hablando físicamente, apostar por más alimentos frescos y naturales, ricos en antioxidantes, fibra y grasas saludables. Incorporar fermentados como el kimchi o el yogur, que refuerzan nuestra microbiota (yo agregué yogur griego). Mantener un buen consumo de agua y moderar los excesos. Pero, sobre todo, aprender a escuchar mi cuerpo y mis emociones antes de decidir qué poner en el plato. A veces, el hambre real no está en el estómago, sino en el alma, es por eso por lo que tendemos a utilizar la comida como refugio emocional.

En definitiva, la relación entre emociones y alimentación no es un capricho ni una coincidencia, es un baile constante entre lo que sentimos y lo que comemos. Comer bien no solo es un acto de nutrición, sino también de autocuidado emocional. Porque cuando aprendemos a alimentar nuestras emociones con lo que realmente necesitan, dejamos de buscar consuelo en lo que solo nos satisface por un momento. Y así, tanto nuestra mesa como nuestro estado de ánimo siempre estarán bien servidos.
Yo te regalo estos consejos que no me los dio el médico, pero que he vivido en carnes propias y me ha funcionado (¿te conté que mientras manejaba mi hambre emocional perdí más de 33 kilos? Bueno, te lo contaré en otro momento).

Experimenta: No te cases con una sola receta (yo lo hacía mucho, pero era flojera de cocinar para mí sola). Mezcla, prueba y sorpréndete. La cocina es química con sabor.
Texturas: Combina crujiente con cremoso, suave con crocante. Las emociones también entran por la textura. ¿Sabes qué hago cuando me da hambre viendo algo en Netflix? Como zanahorias, me encantan, son crujientes y saciantes.
Presentación: Un plato bonito no solo es para Instagram. Tu cerebro lo agradece. Nunca dejes de poner la mesa, aunque sea para ti solo. Con un individual de colores, servilleta y unos bellos cubiertos tienes la mesa puesta para ti. Este gesto parece tonto, pero es un autorregalo.
Mastica con atención: Comer despacio no solo mejora la digestión, también permite que el cerebro reciba la señal de saciedad y bienestar.
Hidrátate bien: A veces, la fatiga o el mal humor se deben simplemente a deshidratación (sigo trabajando en este punto). Un vaso de agua puede ser más efectivo que un sermón motivacional.

¡A comer (que es un placer) y sentirse bien!
Descargo de responsabilidad
El contenido de este boletín tiene carácter meramente informativo y no sustituye ningún consejo o tratamiento médico. Siempre, consulte con su médico de atención primaria antes de realizar cualquier cambio en su estilo de vida, dieta o actividad física, especialmente si tiene alguna condición médica o está tomando medicamentos.
La semana pasada hablé de la neurogastronomía, el chocolate y dejé una receta, pasa para que leas esta publicación si no tuviste tiempo.
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