Hay noticias que se sienten no en la cabeza, sino en el estómago y el corazón. Hoy, al filo de la mañana italiana, ha llegado una de esas. La Unesco, con su sello en Nueva Delhi, ha reconocido no solo una lista de platos, sino un universo de gestos: la cocina italiana completa es ya Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Para mí, que escribo sobre salud, bienestar y gastronomía desde Italia, esto es un eco personal. No es la rigidez de una especificación técnica, sino la fluidez de un sentimiento. Es la forma en que nos sentamos a la mesa, en que el cariño se convierte en condimento y la identidad se moldea con cada bocado. Es, sencillamente, nuestra forma más profunda de habitar el mundo.
Un mosaico de sabores y afectos
Este es un momento histórico. La Unesco ha reconocido antes especialidades específicas —la cocina francesa, la mexicana, el washoku japonés—, pero nunca la totalidad de la cocina de una nación. Ahora, junto a la dieta mediterránea, el arte de los pizzaioli napolitanos y la búsqueda de trufas, se suma a la lista el conjunto completo: la cocina italiana, con todas sus infinitas variaciones regionales, familiares y, sobre todo, emocionales.
Este logro no es casualidad. Nació del dosier titulado «Cocina italiana: entre la sostenibilidad y la diversidad biocultural», un trabajo impulsado por la Academia Nacional Italiana de Cocina y el Ministerio de Cultura, con el sabio ojo del historiador gastronómico Massimo Montanari.
Pero la belleza de la propuesta radica en su esencia: no se centró en un plato fetiche, sino en la poderosa idea de la «cocina del afecto». Piénsalo bien. ¿Qué es la comida italiana sino la práctica cotidiana tejida con recuerdos, rituales y gestos compartidos? Es el respeto por las estaciones, la creatividad que transforma las sobras en un manjar, la mano que pasa el pan (con la superstición de no pasar nunca la sal). Es el ragù hirviendo a fuego lento durante horas en casa de la nonna.
El dosier lo llama un mosaico: la suma de cocinas locales, de comunidad y de familia, donde un plato de Puglia no es «más auténtico» que uno de Veneto, sino que dialogan y se enriquecen. Este mosaico acepta los tomates venidos de América y la pasta seca con raíces árabes. La cocina italiana no es un monumento congelado; es un organismo vivo que se transforma con cada nueva generación y cada nuevo cocinero.
La promesa de la Unesco: no es triunfo, es tarea
La votación de hoy no nos da una etiqueta de superioridad, y es crucial entenderlo. Como bien lo enseñan los expertos, no hay cocinas con más tradición que otras. Este reconocimiento es, ante todo, un compromiso.
Según la Convención de 2003, Italia ahora tiene el deber de inventariar, proteger y transmitir esta práctica cultural. Significa más apoyo a la investigación, a la educación alimentaria y a esos pequeños museos del gusto que guardan nuestra memoria culinaria. Implica rendir cuentas sobre cómo honraremos y pasaremos este legado a quienes vienen detrás.
Simbólicamente, le decimos al mundo que nuestra identidad se hornea y se guisa en la mesa, y en la práctica, es una herramienta más para defendernos de las imitaciones con «sonido italiano». Pero la verdadera riqueza es la que subraya el célebre chef Massimo Bottura: «Viajo mucho, y puedo asegurarles que la nuestra no tiene parangón… la comida se prepara con un amor inigualable.»
Ensuciar el mantel y compartir la mesa

Massimo Montanari, presidente del comité científico, lo deja claro: no se trata de cantar un «somos los mejores», sino de agradecer a las innumerables culturas que han moldeado nuestra forma de comer y de proponer al mundo un modelo de interculturalidad y libertad culinaria. No es un portazo al «nosotros contra los demás», sino una puerta abierta al intercambio.
El gran riesgo ahora no es la Unesco, sino la inercia. El peligro de cristalizar nuestra cocina en una postal turística, en lugar de celebrarla como un músculo en constante movimiento.
Nuestra responsabilidad es usar este sello con sabiduría. La «cocina del afecto» no es solo nostalgia; es la capacidad de usar cada comida como una herramienta de inclusión, educación y cuidado. Defender este patrimonio significa cuidar a los agricultores, a las massaie que siguen extendiendo una lámina de pasta (aunque salga torcida), y a los chef que transforman nuestra memoria en arte.
Hoy, mientras en Italia se descorcha una botella para celebrar este hito, mi brindis va más allá del simple sello. Propongo que levantemos la copa por algo más difícil y, a la vez, profundamente nutritivo: la promesa de seguir mereciendo este patrimonio. Como escribo en mi próximo libro, la comida es un acto de amor y autoconocimiento. Sigamos, entonces, extendiendo ese mantel manchado, pasando el pan y usando la mesa no solo para calmar el hambre física, sino el emocional. Sigamos debatiendo civilizadamente sobre la carbonara sin crema (¡un tema que siempre genera pasión!), pero que el final de cada discusión sea siempre el acto de compartir. Porque la cocina italiana es, sí, patrimonio de la humanidad, pero lo es, sobre todo, del corazón de quienes, cada día, nos sentamos a la mesa para conectar y cuidar.
Cinzia Procopio
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