Hay historias que se cruzan no solo por la geografía, sino por las batallas que libramos en silencio frente al plato. Esta es la historia de Suyin Ibarra, mujer italo–venezolana, madre y emprendedora que ha transitado un camino de transformación profunda. A simple vista, su historia impresiona por el cambio físico: tras una intervención estomacal, logró dejar atrás 64 kilos. Sin embargo, quienes hemos navegado las aguas del hambre emocional sabemos que el peso perdido es solo la superficie. La verdadera metamorfosis ocurre en la mente y en la forma en que decidimos volver a saborear la vida.
He querido invitar a Suyin a este espacio de Pomodoro Food porque su vivencia dialoga profundamente con el propósito de mi libro Calma tu hambre emocional y despierta tu paladar. Ella ya lo ha leído, y me interesaba escuchar cómo su propia experiencia conversaba con esas páginas escritas desde mi vulnerabilidad. Ambas compartimos una certeza: para reconciliarse con la comida, primero hay que escucharse a una misma.
Un cambio que se ocultó en las maletas
Suyin siempre fue delgada. La migración a Italia, la maternidad y el ritmo acelerado de adaptación fueron sumando kilos casi sin que ella lo notara. Caminaba cada mañana con un grupo de amigas y, según su percepción, comía “bien”. Sin embargo, el cuerpo no respondía. El aumento de peso avanzaba con una lógica que no coincidía con la narrativa que ella tenía de sí misma.
El punto de quiebre llegó un diciembre, en un contexto cotidiano y festivo: hallacas, reuniones, fotografías compartidas en un grupo de WhatsApp. Al verse en una imagen, no se reconoció.
Pensé: —¿Quién es esa mujer? Y no fue el único momento incómodo. En más de una ocasión me confundieron con una embarazada. Un ginecólogo me advirtió que, si llegaba a los cuarenta con ese peso, adelgazar sería cada vez más difícil. Esa frase me hizo clic.

Ya había consultado antes a un cirujano bariátrico. Esta vez decidió llamar y pedir cita. Se sometió a una manga gástrica y perdió 64 kilos. El estómago cambió, pero como ella misma dijo durante nuestra conversación, “el estómago se opera. El cerebro no”.
La operación impuso un nuevo límite físico. Si come de más, su cuerpo se lo recuerda. El dumping la obliga a detenerse. Hoy come poco y varias veces al día. Ha aprendido a reconocer la saciedad con más claridad. Sin embargo, admite que el deseo mental no desaparece del todo. Existe un juego constante entre su mente y su estómago, entre el límite físico y la memoria emocional.
Un oficio te acerca a tu debilidad
En paralelo, su vida profesional atravesaba su propia transformación. Ingeniera informática de formación, encontró dificultades para insertarse laboralmente en Italia. La frustración la llevó a abrazar algo que siempre había amado en silencio: la cocina. Empezó vendiendo hamburguesas. Luego insistió con arepas en un pueblo que no sabía lo que eran. Al principio no se vendían. Persistió. Llegaron los patacones, los tequeños, el pabellón.

La pandemia abrió una ventana inesperada. La gente, encerrada y navegando en internet, se volvió más curiosa. Los sabores latinos comenzaron a despertar interés. Hace poco tomó otra decisión radical: dejar de intentar agradar al gusto italiano y asumir su identidad sin filtros. Colores latinos. Música latina. Autenticidad. “Tenemos que ser nosotros para vender. Si a alguien no le gusta, no vendrá y no pasará nada”. Ese cambio transformó también su clientela.
Y en medio de todo ese proceso, Suyin vive rodeada de comida cada día. No solo como experiencia personal, sino como actividad profesional. Trabaja con sabores, porciones, pedidos, tentaciones. Su relación con el alimento no es abstracta; es cotidiana, económica e identitaria. Combate todos los días con aquello que antes representaba conflicto interno.
Fue en ese contexto donde, durante nuestra conversación, apareció una pausa.
No fue incómoda, fue honesta.
Y entonces dijo: —Todavía tengo mentalidad de gorda.
La frase no hablaba de grasa corporal. Hablaba de identidad. De esa narrativa interna que puede sobrevivir a la transformación física. De la dificultad de habitar un cuerpo nuevo cuando la memoria emocional sigue instalada en el antiguo.
En ese momento recordó también una experiencia médica en la que no se sintió escuchada ni acompañada. Más allá de los detalles, lo que quedó fue la sensación de haber sido reducida a un número. Ese tipo de vivencias no solo duelen en el instante; muchas veces consolidan una forma de mirarse que luego cuesta desmontar. No se trataba de señalar culpables, sino de reconocer el impacto emocional que ciertos discursos pueden tener cuando ya existe vulnerabilidad.
Lo más honesto de la conversación no fue el dato de los 64 kilos ni la cirugía. Fue la conciencia de que el cambio externo no garantiza paz interna. Se puede haber transformado el cuerpo y seguir hablándose desde la versión antigua de una misma.

Al terminar de grabar, lo que más resonaba no era la espectacularidad de la transformación física, sino los puntos en común. La certeza de que lo que Suyin expresó en voz alta representa a muchas personas que han cambiado su cuerpo, pero aún trabajan en cambiar su narrativa interna. Cuando alguien nombra esa tensión, deja de ser una experiencia aislada y se convierte en espejo.
Habitar un cuerpo nuevo implica también despertar el paladar a una relación distinta con la comida y con una misma. No se trata solo de elegir mejor en el plato, sino de revisar la historia que nos contamos mientras comemos y mientras nos miramos. Porque, al final, la reconciliación no empieza en el estómago operado ni en la balanza. Empieza en el diálogo interno, y creo que Suyin está en el camino correcto.
Señas de Suyin Ibarra
Instagram: Soy Suyin Ibarra y Latin comfort food
Restaurante: Caracas grill Amantea
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