Cuando celebrar se hace obligatorio
Llega el mes de diciembre y algunos piensan en las celebraciones y las pequeñas vacaciones. Lo más fastidioso de todo esto no son los árboles de Navidad, ni las guirnaldas, ni el frío. En mi caso, adoro la Navidad, su decoración y el frío, pero detesto las celebraciones obligadas y esa especie de felicidad artificial que me recuerda al pino de plástico pintado de nieve.
La Navidad debería ser una época de celebración entre amigos y familia, para celebrar los logros del año, la posibilidad de viajar y reunirse con ellos o simplemente quedarse tranquilos tomando aire para arrancar el año nuevo con más fuerza. Pero no es así. Hay grupos familiares que imponen las celebraciones, las invitaciones, los menús, la ropa, y casi casi… el clima. Si ustedes son como yo, finjan demencia y sigan adelante. Que la felicidad los arrope desde ahora hasta el fin de año, y que sus celebraciones sean suyas… y de nadie más.
La soledad elegida: cuando el silencio alimenta.
Durante buena parte de la vida tememos a la soledad. Nos asusta su eco, su pausa, esa sensación de que el mundo sigue girando mientras nosotros nos detenemos. Pero llega un momento —quizás después de los 50— en que la soledad empieza a cambiar de sabor.
Ya no es ausencia, sino presencia. Ya no es falta de ruido, sino espacio para escucharnos.
Hay silencios que se sienten como vacío… y otros que alimentan.
Vivimos en una época que glorifica lo compartido: las redes, las parejas, los planes, los grupos. Estar solo se ve como una rareza, o peor, como un fracaso. Pero, ¿y si la soledad fuera justo lo contrario? ¿Y si fuera el lugar donde por fin nos reencontramos?
Hombres, mujeres y el arte de estar consigo
En el episodio de hoy en Salud al gusto y al dente hablo de la soledad elegida: esa que nace del deseo de estar contigo y no del miedo a quedarte sin nadie. Sí, la vivimos distinto, hombres y mujeres.
Las mujeres solemos llegar a ella después de haber cuidado mucho: hijos, padres, parejas, amigos. Cuando ese ruido baja, aparece el silencio. Y al principio asusta. Pero con el tiempo descubrimos que también libera. Los hombres, en cambio, suelen enfrentarla con otro tipo de vacío. A muchos no les enseñaron a compartir su vulnerabilidad, y la soledad se les hace más pesada, más silenciosa. Pero también para ellos puede volverse refugio, si logran habitarla con conciencia y sin juicio.
Porque la soledad no distingue géneros, lo que cambia es el permiso que nos damos para vivirla. Por eso dejé dos ejercicios superbeneficiosos que podrás hacerlos cuando quieras, y sentirás una gran diferencia.
Siente cómo ese momento tan simple te devuelve presencia.
La soledad no se cura; se habita. Y cuando aprendemos a habitarla, deja de doler y empieza a nutrirnos. Te invito a escuchar este episodio con el corazón abierto y una taza en la mano. Porque, a veces, el silencio también alimenta.
🎧 Episodio #20 — “La soledad elegida: cuando el silencio alimenta”
Disponible a partir de hoy aquí en YouTube y Spotify:
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Nos vemos la próxima semana
Cinzia
* El nombre del pódcast cambió a Salud al gusto y al dente por un detalle técnico de YouTube. Nada grave. Que no cunda el pánico.
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