Hay bebidas que no nacen como producto, sino como costumbre. El amaro es una de ellas. Mucho antes de ocupar estanterías o de tener etiqueta, ya estaba allí: en las casas, en las boticas, en los conventos, preparado con hierbas, raíces y cáscaras como un gesto de cuidado y de cierre. Beber amaro nunca fue solo beber: era digerir, calmar, volver al equilibrio.
En Calabria, esa tradición se vuelve especialmente intensa. No es casualidad. La región reúne una biodiversidad potente y a ratos indómita: cítricos aromáticos, plantas amargas, suelos ásperos y una relación directa con la tierra. Aquí, el amaro forma parte del paisaje cultural tanto como el mar o la montaña. Cada zona, cada familia, cada receta guarda su propio secreto.

En este contexto aparece Amaro D’Amantia, vinculado a la zona de Amantea, en la costa tirrena calabresa. No como una invención moderna, sino como la formalización de una memoria líquida. Aunque la receta embotellada y registrada llegue en tiempos relativamente recientes, lo que contiene remite a algo mucho más antiguo: el saber popular que pasaba de mano en mano, de generación en generación, sin necesidad de nombre propio.

Amantea no es un detalle menor. Puerto, lugar de tránsito, de mezcla y de comercio, ha sido históricamente un cruce de influencias. Allí, transformar lo que da la tierra —hierbas, frutas, aromas— en algo que se conserva y se comparte es casi un acto natural. El amaro, en ese sentido, no es un licor de sobremesa: es un relato concentrado, amargo y honesto. Un archivo líquido del territorio que no busca agradar a todos ni repetirse de forma industrial, sino ser coherente con lo que crece alrededor.
Cuando llevas un amaro cítrico a la nariz, lo primero que se activa no es el gusto, sino el sistema olfativo, que está directamente conectado con el sistema límbico: memoria y emoción. Los cítricos —sobre todo los del sur— generan una respuesta de alerta agradable. El cerebro despierta. Hay una sensación de limpieza anticipada, casi de orden.
El amargor entra temprano. Y eso es clave: es el único sabor que el cerebro humano no interpreta de inmediato como placer. Por eso el amaro exige atención. No se traga distraído. Obliga a estar presente.
Luego ocurre algo fascinante: el amargor no se queda solo. Aparecen los aceites cítricos, las notas herbales, una ligera dulzura tardía. El cerebro reinterpreta la experiencia y pasa de la alerta al reconocimiento. Ya no es peligro: es complejidad. Ahí se genera el placer adulto.
Catar un amaro cítrico es un diálogo con el cerebro. Primero despierta la nariz, luego desafía al paladar y, finalmente, calma. El amargor activa la atención; los cítricos ordenan la experiencia; el retrogusto prolonga la memoria. No es una bebida inmediata: es una bebida que enseña a esperar.

Y es precisamente ese carácter el que dialoga, casi sin esfuerzo, con el chocolate venezolano elaborado por la casa italiana Maglio. Una empresa con larga tradición chocolatera que trabaja cacaos de origen venezolano —criollos intensos, complejos, profundamente aromáticos— y los transforma sin domesticarlos del todo.
El encuentro entre un amaro calabrés y una tableta de cacao venezolano no es casual. Ambos comparten una lógica similar: nacen lejos del exceso, se apoyan en la materia prima, exigen tiempo y atención. Son sabores adultos, sin concesiones. Amargos, sí, pero también profundamente expresivos.
Hay algo casi pedagógico en esta combinación. El amaro limpia, prepara, despierta. El cacao se despliega luego con notas que pueden ser florales, frutales, terrosas. Ninguno busca azúcar para esconderse. Ambos confían en quien los prueba.

Tal vez por eso funcionan tan bien juntos: porque cuentan historias parecidas desde territorios distintos. Calabria y Venezuela, tan lejos en el mapa y tan cerca en la intensidad. Dos culturas donde el sabor no es adorno, sino identidad.
En la tienda Willy Wonka Cioccolateria Enoteca, en el centro de Amantea, en plena Piazza Commercio, las botellas y las tabletas conviven como si siempre hubieran estado destinadas a encontrarse. No es una escena espectacular. Es mejor que eso: es coherente. Y a veces, en gastronomía, la coherencia es la forma más alta de belleza.
La tienda Willy Wonka Amantea ofrece envíos nacionales e internacionales. Instagram: Willy Wonka Amantea
Si este texto resonó contigo, en mi libro profundizo en la relación entre emociones, comida y memoria cotidiana. Puedes encontrarlo aquí:
Estados Unidos: Versión Kindle | Versión impresa
España: Versión Kindle | Versión impresa
México: Versión Kindle | Versión impresa
Italia: Versión Kindle | Versión impresa
Nos vemos la próxima semana,
Cinzia
Descubre más desde Pomodoro Food
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.