No recuerdo si fue a finales de diciembre, cuando estuve en Nápoles, o fue a principios de enero cuando olí, de pronto, el olor de la salsa que hacía mi papá cuando cocinaba cordero. Ese olor no puedo describirlo, pero jamás podría confundirlo. Está en cada una de mis neuronas, mi bulbo olfativo y en ese territorio llamado memoria.
El olor tiene un poder silencioso y extraordinario. A veces, un solo aroma —el del pan recién horneado, el café de la mañana, o la salsa de mi papá— nos transporta inmediatamente a un momento de nuestra vida, más rápido que cualquier sabor.
La neurogastronomía, que va de esto y más, nos explica por qué sucede esto: el sentido del olfato está directamente conectado con la memoria y la emoción a través del bulbo olfativo, que procesa los olores, y se conecta directamente con el hipocampo y la amígdala, zonas del cerebro donde se guardan recuerdos y emociones. Por eso, un aroma puede desencadenar una memoria gustativa completa, incluso antes de probar un bocado.

Este fenómeno no es solo un juego de la mente. Los aromas son como puertas que abren recuerdos de nuestra infancia, lugares que hemos visitado, o momentos que nos hicieron felices o tranquilos. Como el olor del perfume de un ser amado, el olor a mar, o el olor de una cafetería, todos puede hacernos sonreír, suspirar o sentir un calor interior inexplicable. Así como la memoria visual o auditiva, la memoria olfativa es más poderosa aún porque puede conectar directamente con emociones profundas que no sabíamos que estaban esperando una aspiración profunda para entrar de lleno en el pasado.
Piensa por un momento en un aroma que te haga sonreír: tal vez la vainilla que impregnaba la cocina de tu infancia, el olor a hierbabuena en verano, o la canela que acompañaba tus meriendas de navidad. Ese olor no solo te recuerda un sabor; revive la emoción, la sensación, la calma o la alegría de ese instante. Es como si tu cuerpo recordara antes que tu mente, y en ese instante puedes experimentar un placer que va mucho más allá del simple gusto.

Y mientras cocinas o preparas tu comida, prueba este pequeño ritual que aprendí durante el diplomado de Neurograstronomía para entregar tu olfato y tu memoria:
- Observa y huele antes de tocar o probar: selecciona un ingrediente, cierra los ojos y respira profundamente su aroma.
- Deja que llegue la primera memoria: no la busques, solo deja que aparezca. Puede ser un recuerdo de infancia, de un viaje, o de una comida compartida.
- Reconoce la emoción: alegría, curiosidad, calma, nostalgia… no juzgues, solo siente.
- Integra el gesto en tu presente: añade la hierba al plato, saborea un sorbo de té o simplemente sonríe mientras lo haces.
- Repite y observa: con cada aroma que explores durante la semana, verás cómo tu capacidad de conectar placer, memoria y comida se amplía.
Este ejercicio no solo activa tu memoria gustativa, sino que te ayuda a disfrutar más conscientemente cada comida, a entrenar tu atención y a reconectar con el placer de lo cotidiano. Pequeños gestos, grandes recuerdos.
Punto aparte. Este miércoles también se estrena la temporada 1 de Salud al gusto y al dente, y en el episodio 1 exploraremos cómo pequeños ajustes en nuestra alimentación pueden generar grandes cambios, justo como sucede cuando dejamos que nuestros sentidos guíen nuestra experiencia.
Que cada aroma de tu día sea un recordatorio: el placer está en los detalles, y cada pequeño instante cuenta.
Los abrazo,
Cinzia
Descubre más desde Pomodoro Food
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.