Lo que comen los atletas olímpicos cuando nadie los está cronometrando
En las pistas, los cuerpos vuelan. Fuera de ellas, alguien pide otra ración de pasta. Eso fue lo que pasó en la villa olímpica de Milán-Cortina 2026, cuando se apagaban las cámaras y se encendían los fogones. Los mismos atletas que se lanzaban a 130 km/h por un tubo de hielo, o que calculaban al milímetro el ángulo de un salto, se sientaron a la mesa con el hambre sencilla y urgente de cualquier persona que ha gastado demasiada energía y necesitaba recuperarla.
Y lo que pidieron, casi siempre, olía a ajo y albahaca.
El cuerpo de un atleta de élite no es un misterio: es una central energética de alta demanda. Puede quemar entre 3.000 y 8.000 calorías al día —un fondista de esquí de fondo puede superar las 10.000 durante una prueba larga. Si el combustible no llega, la máquina no se ralentiza. Se apaga. Y el combustible favorito, aquí en Italia, tiene forma de espiral, tubo, cinta o concha.
Pasta.

Solo en la villa de Milán se prepararon aproximadamente 450 kilos al día. No es un capricho: es logística con historia. Elisabetta Salvadori, la responsable de alimentación del comité organizador, lo contó con orgullo apenas disimulado: la pasta se cocina directamente delante de los atletas, en tiempo real, como en cualquier trattoria que se respete.
Por supuesto, los menús hicieron guiños al territorio —risottos con ecos alpinos, quesos del norte, verduras de temporada— pero la pasta es la verdadera diplomática cultural del evento. Nadie discute con un plato de pasta. Ni siquiera un esquiador noruego.
Mystique Ro lo dejó claro nada más llegar. Corredora estadounidense de skeleton —el deporte en el que te lanzas cabeza abajo por un tubo de hielo—, aterrizó en Italia con una sola preocupación gastronómica real: que hubiera suficiente espagueti. «Soy una chica de pasta, así que estoy contenta. El espagueti es mi pasta básica. Luego están los ñoquis. También soy una entusiasta del fettuccine». Que una atleta que compite al límite de lo que el cuerpo humano puede hacer tenga como mayor inquietud culinaria el formato de la pasta me parece, sinceramente, una de las cosas más razonables que he oído en mucho tiempo.
Hay atletas que llegaron con planes nutricionales diseñados al milímetro: ventanas metabólicas, cargas de glucógeno, protocolos de recuperación. Todo muy preciso, todo muy controlado. Y sin embargo, dentro de esa ingeniería del rendimiento, surgió siempre el momento humano: el de sentarse, soltar el peso de la concentración, y comer algo que reconforte.
Ahí entra el pequeño milagro italiano.

Un plato caliente, al dente, sin pretensiones. El tipo de comida que cualquier deportista entiende de inmediato porque no necesita traducción. Jess Perlmutter, snowboarder del equipo estadounidense, lo dijo en rueda de prensa con esa honestidad que vale más que cualquier reseña: había comido la mejor pasta de su vida en la villa olímpica. Y luego añadió que también había tomado gelato la noche anterior. Prioridades en orden.
Entre los platos que han generado más conversación hay uno especialmente simpático: una pasta en forma de anillos olímpicos diseñada por el chef con estrella Michelin Carlo Cracco, acompañada de una salsa de orégano, albahaca, aceitunas, alcaparras y anchoas. Disponible casi exclusivamente dentro de la villa, lo que la convierte, curiosamente, en uno de los artículos más exclusivos de estas olimpiadas. Más difícil de conseguir que una entrada para la final de patinaje artístico.
Los atletas comieron, repitieron, comentaron. Algunos descubrieron sabores nuevos; otros se aferraron a lo familiar como a un ritual privado antes de competir —esa superstición silenciosa que casi todo deportista protege sin explicarla. En ese comedor se cruzaron idiomas, tradiciones culinarias y manías alimentarias de medio mundo. El patinador chino Ning Zhongyan fue encontrado felizmente ante un plato de pasta al pomodoro con rúcula y vinagre balsámico, y declaró que la cocina italiana y la china tenían más en común de lo que parecía. Una conclusión a la que la humanidad debería haber llegado mucho antes.
Y luego están los italianos, que observaron todo con esa calma que solo da tener razón desde hace dos mil años. Ver a medio planeta rendido ante un plato de pasta tiene, para ellos, algo de confirmación histórica. Como quien dice: ya lo habíamos dicho.
Porque al final, incluso en un evento que celebra la velocidad, la fuerza y la precisión del cuerpo humano llevado al límite, la historia termina en algo mucho más simple: alguien sentado a la mesa, con hambre, frente a un plato caliente.
Y probablemente sea pasta.
Hasta la próxima,
Cinzia
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