Comunión entre religión y gastronomía

Para muchos, la Navidad habla de un camino de fe, de calidez familiar y de costumbres, pero en el sur de Italia, donde me encuentro ahora, la fiesta navideña no es sólo eso, es también una celebración de tradiciones, de oraciones, juegos como la tombolata y, por supuesto, de gastronomía.
El 8 de diciembre, la Iglesia Católica celebró el día de la Inmaculada Concepción, y aunque en Italia es fiesta nacional, y se da comienzo al período navideño, en Amantea, el pueblo calabrés donde vivo, se celebra la Vigilia Dell´Immacolata, es decir, la vigilia de la Virgen Inmaculada Concepción.

Dentro del núcleo de esta celebración hay un mundo de tradiciones gastronómicas que van más allá del acto de comer, se conectan con mi memoria emocional, con la mesa familiar de la infancia y, en particular, con los años en que viví aquí siendo una preadolescente.
En esta época, mi memoria habla de Cullurielli, de monacelle, dos de los tantos platos caseros que deberían tomar las calles bajo el formato de Food truck (les dejo esa idea como un plan de negocios). También habla de Turdilli al miele… en fin, habla de mi familia paterna en Venezuela y parte de la familia materna en Italia. En mí, la gastronomía vive en dos mundos y se expresa en tres lenguas; italiano, español y dialecto amanteano.

Pero volvamos a la vigilia.

Día 1

Es viernes, hace frío y hay que cocinar. La casa de la familia es amplia y la cantidad de amigos también. La gente comienza a llegar alrededor de las 7 y nos dividimos en dos ambientes: la cocina de verano (lugar destinado para la reunión, por las dimensiones de la mesa a compartir: una mesa clásica italiana para 15 personas) y el patio de atrás, donde se freirán i cullurielli y le monacelle en una sartén gigante.

Tengo la sensación de estar en una excursión en la montaña, pero sin moverme de la casa: el ambiente frío, las risas, las anécdotas y el vaivén de un lugar a otro para que todo esté a punto, recuerdan la imperiosa necesidad de estar cerca de los amigos en ciertas fechas, y esta es una de ellas. Esta noche el ritmo es distinto.
Comenzamos con la bandeja de las donas de papas, hermosamente levitadas, a las que hay que abrirles un hueco en el centro y agrandar lo suficiente para que mantengan su forma y su cocción sea impecable, y lo logramos. Estas se pueden comer en formato dulce, con azúcar regular o glas por encima, o en formato natural salado, para acompañar fiambres locales y quesos.

Luego, nos dedicamos a freír unas pequeñas bolas de masas con un trozo de anchoas dentro (Monacelle) que toman aire gracias al aceite caliente, transformándose en unas pelotas suaves, alveoladas y gustosas. Al terminar de freír, se cuelan y se reservan en cestas de mimbre, con una toalla de algodón para mantener el calor.

Terminada la fritura, entramos a la cocina para comenzar a degustar los entremeses: zanahorias rebozadas rociadas con hojas de menta, salames, quesos, aceitunas… hasta llegar a probar el plato rey de la noche: spaguetti alla mollica calabrese (espaguetis con pan rallado).  

Esta pasta en particular representa la clásica pasta italiana de los antiguos campesinos, la cucina povera, como casi toda la cocina italiana del siglo XIX y mediados del XX. Cocina sencilla que, con dos o tres ingredientes, regalan a los sentidos la simpleza de la vida. Lleva tan solo aceite de oliva, pan rallado especial, parece más bien corteza y migaja de pan desmenuzado muy pequeño, algunas anchoas, ajo picado y peperoncino calabrés.
La noche terminó lluvia y más frío, pero con la sensación de haber estado en un club hecho a medida para los amigos. 

Día 2
Al día siguiente, Día de la Inmaculada Concepción, nos fuimos a una trattoria, en Potame, una zona montañosa a media hora de Amantea, donde nos esperaban la lluvia, aire helado, granizo y una bella chimenea de leña.

Llegamos muy fácil. La trattoria, La casetta di Nonna Ida, es en realidad una linda casa de madera que tenía, como centro del mundo, una cocina a leña donde se cocinó todo lo que degustamos. No sé si ustedes notan la diferencia de sabores cuando se cocina en leña, yo la siento y todo sabe mucho mejor.

Nos saludamos y nos acomodamos 12 personas, entre amigos y familia, para pasar una de las tardes más divertidas que he tenido en mucho tiempo.

No tardaron en llegar con el antipasto, compuesto de quesos frescos, aceitunas, salame de la zona y albóndigas de berenjenas. Mientras esperábamos el primer plato, me acerqué al horno para ver salir las bandejas de lasaña, la coliflor gratinada, las papas con romero y el asado de carne de cerdo en su propia salsa. Está de más decir que el olor en todo el espacio incitaba a comer y comer… y comer.

El horno a leña, me comentó la dueña, fue el foco del diseño de la casa, en torno a él se hizo el resto de la sala—comedor, porque su tamaño, aunque mediano, abarca el 50% del espacio de la cocina.

Nos fuimos a nuestros puestos y llegó la lasaña. Luego el cerdo con papas y la coliflor. Ya no podíamos más. Si bien los platos no eran exagerados, sumado todo a la noche anterior, aún no habíamos hecho la digestión de la pasta alla mollica, y ya estábamos de nuevo comiendo a cuerpo de rey.

El postre era aún más sencillo, rodajas de Pandoro y turdilli, unas masas de harina fritas, con un toque de sabor a naranja, limón, rociados con miel.
Para pasar la comida, café y dos licores dulces: al chocolate y a caramelo. No probé ninguno de los dos porque me caen mal, pero creo que estaban a tono con el frío en el exterior, muy fuertes.

De pronto, escuchamos el sonido de un teclado y nos dimos cuenta que era la hora del kareoke. Y aquí es donde todo cambió. Un señor, muy amigo de los dueños, y pasado algo de tragos, comenzó a cantar a capela varias canciones de cantantes clásicos de la música italiana. La actitud histriónica del señor fue el show de la tarde, pero la verdadera sorpresa fue cuando el hijo de la dueña cantó Something Just Like This, del grupo Cold Play. No dábamos abasto a lo que estábamos escuchando: la perfección de la voz de este joven, en una aldea de Calabria, era la copia fiel del cantante. ¡Fue maravilloso!

Y el cierre de la tarde fue una lluvia de granizo que duró más de media hora… y cómo me encanta ver caer granizo. Regresamos a casa con los corazones contentos, el estómago satisfecho y el alma llena de vida.


Cullurielli (donas de papas)
Monacelle (fritura de masa tipo focaccia con anchoas)
Turdilli (otra deliciosa fritura con aroma y esencia de naranja y limón).

Hasta la próxima aventura…


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