Y un sistema que no conoce nuestros niveles hormonales, ni nuestros altibajos emocionales.
Vivimos bajo una constante exigencia de ser mejores, más productivos, más organizados, más saludables, más exitosos, más flacos. Y si no lo logramos, lo primero que escuchamos —o nos decimos— es: “No tienes suficiente fuerza de voluntad”. Como si todo se redujera a eso. Como si fuéramos robots con un botón de disciplina total que simplemente no estamos sabiendo usar.
Pero la realidad es mucho más compleja.
¿Qué pasa si tienes voluntad, pero algo más te sabotea?
La voluntad existe, claro. Pero no lo puede todo. Nuestro cuerpo y nuestra mente están atravesados por factores hormonales, emocionales, químicos y contextuales que rara vez se mencionan en los discursos motivacionales.
Y, sin embargo, ahí están: influyendo en cómo dormimos, en qué decisiones tomamos, en nuestra energía diaria y en nuestra forma de alimentarnos, movernos y vincularnos.
Muchas personas creen que están fallando, cuando en realidad están luchando con un sistema nervioso alterado, con un desbalance de cortisol, con un ciclo hormonal que no comprenden, con años de estrés acumulado, con ansiedad o con tristeza no nombrada. No es que no quieran cambiar. Es que a veces no pueden. Y eso no las hace débiles. Las hace humanas.

Disciplina ≠ castigo
En este contexto, la disciplina se convierte en una palabra mal usada. Porque no se trata de imponerse metas inalcanzables, ni de obligarse a cumplir rutinas que no se adaptan a tu realidad.
La disciplina bien entendida es una forma de cuidado, no de castigo. Es una decisión consciente, no un deseo romántico de que todo salga bien. Ella aparece cuando la voluntad flaquea, cuando no hay ganas, cuando no estás inspirado. No necesita emoción, ni energía desbordada. Solo claridad: esto es importante para mí, y aunque hoy no tenga ánimo, voy a hacerlo.
¿Cuándo aprendí eso?
Cuando me di cuenta de que gastaba un dineral en las inscripciones de los gimnasios y no iba. Poco después de comenzar mi cambio radical, en 2001, me inscribí en un gimnasio cerca de mi casa e iba aún sin ganas. Salía de la oficina y me iba directo, sin escalas peligrosas que me hicieran desistir.

Durante el primer mes, hubo días que hacía 10 minutos de caminadora y me iba. En otros, apenas llegaba a los 20 minutos de actividad; pero, poco a poco, el cuerpo y la mente me pedían cada día ir al gimnasio y así me acostumbré incluso a hacer la ruta. Iba en automático, pero iba. El primer mes lo pasé así, pero de inmediato me di cuenta de que mi mente había aceptado que había que hacer algo con tanto estrés y ansiedad. Y logré ir al gym por seis meses consecutivos. ¡Fue un logro importantísimo!
Así que, la disciplina no es contraria a la flexibilidad; se complementan. Una te sostiene, la otra te adapta. Y juntas te permiten avanzar con constancia, incluso en días grises.
Porque cuando sabemos que esa es la ruta, aunque no queramos atravesarla, la disciplina es la que nos toma de la mano y nos dice: vamos igual, de a poco, sin drama, pero sin frenar. Y eso vale más que cualquier talento brillante que nunca se pone en marcha.
¿Y si empezamos a hablar de esto con más sinceridad?
Este miércoles estreno Al gusto y al dente, y en este episodio te invito a revisar el hambre emocional, esa forma de comer que muchas veces no viene del estómago, sino de algo mucho más profundo.
Pero no me adelanto más. Solo te digo que será un espacio distinto. Un lugar donde podremos hablar de emociones, de comida, de salud y bienestar con menos culpa y más humanidad.
Porque no todo se soluciona con “ponerle ganas”. A veces lo que necesitamos no es más esfuerzo, sino más comprensión.
Te espero con los auriculares puestos y el corazón abierto.
Un abrazo grande,
Cinzia
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