Homero, poeta griego al que se atribuye la autoría de la Ilíada y la Odisea, los dos grandes poemas épicos de la antigua Grecia, dejó grabado para siempre en la mitología la historia de Odiseo, quien enfrentó a Escila en el estrecho de Messina. Mientras Escila se bañaba en el mar, la celosa Circe vertió una poción maligna en el agua, lo que provocó que Escila se transformara en un monstruo espantoso con seis formas caninas que brotaban de sus muslos. En esta forma, atacó el barco de Odiseo, robándole a sus compañeros.
Dos mil setecientos años después, yo llegué al pueblo que lleva el nombre de la exninfa, Scilla, acompañada por mi mamá y mi sobrina. Como ninguna de las tres habíamos estado allí, nos fuimos a pasear y a comer.

Mi primera impresión, apenas pisamos el paseo al lado del mar, fue que si lograba nadar a la costa de enfrente, estaría en Sicilia en dos minutos. Messina está justo en frente y es la primera conexión con esa bella isla. Después del primer recorrido, y verificar que la hora del mediodía se hacía sentir en el estómago, elegimos un restaurante frente al mar, en esa posición donde la vista te desactiva. Hay lugares que te ponen en suspenso. Este era uno de ellos: luz que entra casi sin ser invitada, paredes claras, ese orden que solo existe cuando alguien decidió que el caos no tenía lugar aquí.

Los detalles menores —los que la mayoría no ve— eran perfectos. Aunque me gusta encontrarme con platos de cerámica y servilletas de tela, aquí las servilletas venían en sobres de papel, pero esos sobres tenían arabescos azules y blancos que no dejaban dudas: esto es el Mediterráneo. Los platos eran de plástico, pero la presentación de lo que traían dentro compensaba cualquier defecto.

Sabri y yo ordenamos un plato mixto compuesto por pulpo; suave, miel pura en la boca, nada de esa goma que a veces encuentras. Y mientras lo comía, recordé a mi papá. El hombre que pasaba sus días tirando su anzuelo en el agua, pero que cuando se sentaba a la mesa no moría por comer lo que sus propias manos sacaban. Pero nosotras, sus hijas, sí. Siempre lo devoramos.
El resto de la comida fue igual de generoso: lasagna de berenjenas, que alguien preparó con paciencia; croquetas de pez espada que no crujían como debería crujir todo lo frito, pero estaban bien condimentadas, y una ensalada que no necesitaba ser nada más que eso. Mi mamá probó otro plato que estaba también delicioso, y cerramos con la estrella del plato mixto: el rollito de pez espada relleno. Suave, jugoso, completo, sin disimulos y en su punto de cocción correcto para evitar convertirse en una goma. Nos comimos el mar en su forma más honesta.


Luego pensé que estábamos en Scilla, comiendo lo que Odiseo no comería nunca. Lo que para él era una bestia que rugía con seis bocas, para nosotras era algo tan dócil en el plato, que lo único que hacía era entregarse. Allí no había batalla, solo hambre y un buon palato.
Como habrás imaginado, la gastronomía aquí y del estrecho en general gira en torno a la pesca, pero también a una gran variedad de productos agrícolas, especialmente cítricos y pimientos picantes como en toda Calabria. Mientras caminábamos y mirábamos los menús que vas encontrando en el paseo, entendí que todos, sin excepción, incluyen los dos reyes de la zona: el pez espada y el atún, capturados con esas embarcaciones especializadas que predominan en la costa.
El pez espada es un elemento básico y lo preparan de mil formas: desde la clásica a la parrilla o en carpaccio, hasta recetas más históricas como el pez espada a la ghiotta, que se hace en sartén con cebolla blanca sofrita, tomates cherry, alcaparras y aceitunas verdes schiattate, terminado con un chorrito de aceite de oliva en frío. Con el atún pasa lo mismo, aunque mucho se va para la conserva artesanal. Vi también opciones de cocina popular que me parecieron un poema, como el filete de atún rojo sellado «a la antigua», las anchoas arriganate, a las que se les agrega orégano y peperoncino, o el clásico Street Food de la zona: el panini di pesce spada, un sándwich lleno de trozos de pescado con aceitunas y pimientos rojos. La rica pesca no termina ahí; en estas aguas también abundan la serviola, el mújol, moluscos, crustáceos y peces azules como la vieira imperial. El panorama gastronómico de Scilla se basa, esencialmente, en su mar.




Cuando terminamos, salimos del restaurante y caminamos unos metros. Estábamos resignadas a no poder conocer la parte superior porque si no tienes carro no puedes llegar a esos rincones sin taxis o autobuses. La sorpresa vino cuando menos la esperábamos: había un ascensor. No es cosa menor en estos pueblos donde cada calle es una escalera.
Subimos. La plaza que está arriba tiene ese silencio que solo existe cuando todavía no llegan los cruceros y los autobuses. El cielo era el cielo, sin filtro, sin gente que lo interrumpiera. También nos ayudó la hora. El quiebre de la jornada es de la 1 a las 4:30 pm, así que vimos el mismo mar que enfrentó Odiseo, pero desde otra posición. Nosotras desde arriba, tranquilas, habiendo comido bien.
Siempre me ha parecido que hay algo en comer en un lugar mítico sin que sea un espectáculo. En estar donde pasó algo, pero encontrar paz. Scilla es eso: el nombre de una bestia que se volvió suave en la boca. El monstruo domesticado. Y la única manera de experimentarlo así es llegar cuando la mayoría no está buscando fotos. Cuando todavía queda pausa. Sin duda, fue un día dulce y luminoso.
Frase de la semana
El auténtico viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en ver con nuevos ojos. Marcel Proust
Un detalle de Italia
Dolce far niente —literalmente, «la dulzura de no hacer nada», es más que una expresión. Es una filosofía que los italianos han protegido como patrimonio. Aunque no se parece al dolce far niente del cine americano o el cine italiano del posguerra, se puede decir que no se trata de ser perezoso, sino de estar convencidos de que hay valor en el tiempo que no se produce nada. En estar sentada sin una agenda y en comer sin prisa. Lo suficientemente tranquilo para tomar el café en un lugar y el helado en otro.
Y hablando de helados. La cremosidad de los helados italianos es famosa, es cierto que lo son, pero lo que más me gusta es que no empalagan, no tienen una carga de azúcar que te haga beber litros de agua. La dosificación del azúcar también la siento en los dulces y postres, y por eso, creo que lo escribí el año pasado, yo solo como dulces fuera de Venezuela, porque en mi país suelen ser mucho más azucarados (o soy yo la que tiene el paladar afectado). El mío lo pedí de pistacho y limón.

Y este ritmo tranquilo para visitar casi cualquier lugar, los italianos lo entienden mejor entre abril y junio, cuando el clima es perfecto pero la mayoría del mundo todavía no ha decidido invadir. Luego, septiembre y octubre repiten esa gracia. Son los meses para ir a los borghi sin encontrarte colas y rutinas turísticas. Cuando el lugar te pertenece en una forma que puedes comprar sin sentir que te rodea un túnel de gente. El ritmo cambia. La comida sabe diferente. Las vistas están solo para ti y tu cámara.
Eso es lo que nos regaló Scilla ese día. Eso es lo que solo existe si llegas en la temporada en que el viaje es tuyo, no del turismo.
Hasta la próxima semana,
Te abrazo,
Cinzia
En Substack publiqué el episodio 10 de Sobremesa sin filtro. Lo dejo aquí para que puedas escucharlo.
Ep. 10 | La vulnerabilidad vista desde un oficio
Descubre más desde Pomodoro Food
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.