Lenguaje y sabor: leer con la boca

Cómo las palabras moldean la percepción


Hace unas semanas, en mi empeño de leer más en italiano, intenté leer a García Márquez. Lo intenté tres veces pero fracasé.

Además de ser un autor que me gusta más como cronista que como novelista, mi fracaso no tenía nada que ver con la traducción, porque era impecable. Después lo entendí con un detalle que no tiene que ver con la lectura. El detalle está en que entre García Márquez y yo (o cualquier escritor en español) hay un código que no se traduce: el ritmo del Caribe, el uso del «tu» con poca distancia afectuosa, el uso de las preposiciones un poco al antojo… Es decir, en italiano era él, pero con el acento equivocado, no sé si me explico.

Con el tomate me pasó lo mismo

Lo decía la semana antepasada, un tomate margariteño lleva dentro su historia en el nombre: Margarita, la isla, el Caribe, la sal del mar que entra por los poros de la tierra. Cuando muerdo uno de Belmonte —redondo, carnoso, perfecto para la ensalada capresa— sé que es un buen tomate. Pero no es ese tomate. Vamos a decirlo más claro: el idioma que habla no es el mío. Aquí lo escribí más claro

La neurogastronomía también lo confirma: el lenguaje moldea la percepción sensorial. Gordon Shepherd, el papá de los helados de la neurogastronomía, lleva años estudiando exactamente esto: cómo el cerebro construye el sabor, y cómo el lenguaje forma parte de esa construcción.
Tener palabras para nombrar un sabor lo hace más perceptible, porque el nombre no es una etiqueta que ponemos después de la experiencia, es más bien parte de ella.

Por eso me gusta leer a un autor en su lengua original (valga decir que solo puedo hacerlo en español e italiano), porque puedo acceder a una frecuencia que la traducción, por más cuidadosa que sea, altera inevitablemente. El traductor toma decisiones, pero siempre interpreta, no lo puede hacer de otra forma. En cambio, cuando yo comparto el idioma con el autor, no hay intermediarios, ambos nos encontramos en la complicidad.

Te doy otro ejemplo. La albahaca de Amantea y la que crecía en el balcón de mi casa en Caracas, no son la misma. Una es mediterránea, anisada, intensa. La otra era más suave, casi tímida, con un verde más claro. El mismo nombre pero con acentos distintos. Yo siento que cuando cocino aquí con la albahaca de Calabria, hago la misma receta con un texto diferente.

La albahaca de mi balcón

Lo que cambia es la materia prima del sabor: la tierra, el clima, el agua, el tiempo. Lo que los franceses llaman terroir para el vino existe también en el aguacate. El venezolano, en su mayoría es grande, de piel lisa, con una semilla enorme y una pulpa casi mantequillosa, no compite con el de Centroamérica, que es pequeño y de piel rugosa: son primos lejanos que hablan dialectos distintos. Ambos se llaman aguacate pero no se leen igual.

Aprender a comer en otro idioma, vivir en otro país, cocinar con ingredientes que no reconoces del todo, buscar equivalentes que no siempre existen, se parece bastante a leer literatura traducida con conciencia: puedes disfrutarla profundamente, incluso amarla. Pero sabes que hay algo que se quedó en el original.

Eso, más que una pérdida que no hay que lamentar, es una invitación a afinar el paladar. A buscar las palabras, notar la diferencia entre lo que recuerdas y lo que tienes en la boca. Esa tensión entre la memoria del sabor y el sabor presente es exactamente donde vive la consciencia gastronómica.

Y también, creo, donde vive la buena lectura.


La frase de la semana

El original es infiel a la traducción.
Jorge L. Borges


Un detalle de Italia

La palabra terroir es francesa, pero en Italia la usan con naturalidad en el mundo del vino y cada vez más en la gastronomía. Significa, literalmente, tierra —pero carga con todo lo que esa tierra implica: el clima, la altitud, la humedad, los minerales, el sol de esa colina específica y no de la de al lado. Es la palabra que explica por qué un Barolo no es un Chianti aunque ambos sean nebbiolo y sangiovese criados en el mismo país. Y también, aunque nadie lo diga así, por qué la albahaca de Amantea no es la de Caracas. Pero yo me quedo con la pronunciación de terra, con esa doble r pronunciada con la misma intensidad del calor del verano. Cosas mías, por supuesto.


Si crees que este texto le pueda interesar a alguien más, compártelo e invítalo a suscribirse.


El viernes pasado publiqué una reflexión en Sobremesa sin filtro, acerca de comer sin distracciones, entre cosas para sentir saciedad real. Aquí de jo el enlace



Descubre más desde Pomodoro Food

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario