La nostalgia y los platos que extraño comer, aunque no estén «de moda»

En estos últimos días, con la movida emocional que he tenido observando lo que sucede en mi desmembrado país, después de los dos terremotos del 24 de junio, me di permiso de sentir una emoción a la que siempre le he huido: la nostalgia.

Ver de nuevo las imágenes de La Guaira y Caracas removieron, otra vez, mis primeros treinta y siete años de vida. Y digo treinta y siete con precisión, porque a partir de la vaguada de 1999, la vida familiar, económica y social nos cambió para siempre. No estoy exagerando; la vida nos cambió a todos de golpe entre el desastre natural, la entrada del nuevo gobierno y la aprobación de una nueva constitución que marcaría la mayor desgracia de nuestro país.

Abrir la puerta de la nostalgia tiene sus consecuencias. Observando las fotos de algunos edificios caídos en la urbanización Las 15 Letras, de Macuto, mi mente hizo un quiebre extraño. Me enfoqué, no sé por qué, en el refugio de los sabores, en esas comidas que de pronto ya no preparamos.

Y entre los escombros de la memoria, recordé el famoso sanduchón.

En los años 70 y 80, ese «plato» frío de pan de sándwich sin corteza, untado de capas de diablito, queso crema, cheez whiz o mermelada, decorado con una capa externa como si fuera una torta, no faltaba en ninguna celebración de cumpleaños o reunión familiar. Era el rey de la mesa de pasapalos. Hoy, verlo es una rareza, una receta que parece haber quedado atrapada en una cápsula del tiempo, desplazada por nuevas tendencias, pero que para los de mi generación representa la certeza de un tiempo en el que nos reuníamos a celebrar sin tantas ausencias. Supongo que esto pasa en todas partes del mundo: los platos pasan de moda, pero el alivio que nos produce su recuerdo permanece intacto.

Indudablemente hay otros platos, pero este me llegó de golpe, como llegan estas cosas que se graban donde más duele.

Le huyo a la nostalgia. Me da miedo quedarme enganchada en lo que fue y ya no es, y esa huida es, supongo, una forma de sobrevivir cuando el origen está impregnado de pérdida. El problema es que el paladar no sabe de miedos: actúa como ancla involuntaria, y cuando el presente pesa demasiado, volver a los sabores de la adolescencia no es un acto de estancamiento. Es una forma de reclamar quién eres y abrazar a la persona que fuiste en el lugar que te formó.

Recomponer el país que llevamos dentro también pasa por recordar a qué sabía nuestra felicidad.


Una frase para la semana

El paladar no olvida; solo espera el aroma correcto para traernos de vuelta a casa.


Un detalle de Italia

Hablando de nostalgia, me encontré con otra nostalgia gastronómica local y saltó a la mesa un recuerdo prohibido: las pitticelle di rosmarina. Eran unas tortitas crujientes hechas con pececillos recién nacidos, tan diminutos y transparentes que parecían hilos de plata.

Hoy, su pesca está estrictamente prohibida en el Mediterráneo para proteger el ecosistema marino. Pero al recordarlo, no pude evitar mezclarla con la melancolía. Qué curioso es el destino del paladar: unir un sabor de Caracas, como el sanduchón de mi juventud y; el de Italia, el sabor de la rosmarina que se llevó la ley. Al final, no importa el hemisferio: todos somos exiliados de algún sabor que no volverá.

Hasta la próxima semana,
Cinzia


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2 comentarios en “La nostalgia y los platos que extraño comer, aunque no estén «de moda»

  1. Hola, aquí en México, el sunduchón es un plato típico para fiestas también, obvio, lleva picante y otros ingredientes que lo hacen diferente, pero se ve muy rico y también nos hace retroceder en el tiempo en que mi mami lo preparaba para nuestras fiestas.

    Un abrazo 🤗

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