La tiranía del plato viral: cuando cocinar para Instagram ahoga al chef

Desde hace unos años estamos viviendo la era del contenido instantáneo. Por ello, conseguir una mesa en ciertos restaurantes puede volverse una tarea titánica. La trattoria Trippa, en la zona de Porta Romana de Milán, no escapa a este fenómeno.

Fundada en 2015 por el chef Diego Rossi, Trippa reinventó el código de la trattoria tradicional aplicando el rigor, la precisión y el respeto de la alta cocina (fine dining) a las vísceras y despojos del quinto cuarto (quinto quarto), revalorizando cortes populares y olvidados en formato de trattoria contemporánea honesta, directa y sin artificios innecesarios. Sin embargo, hace solo unos días, Rossi sacó de su carta dos de los platos más aclamados y fotografiados de la ciudad: su emblemático vitello tonnato y sus tagliatelle al burro e parmigiano.

Vitello tonnato, de Trippa

La decisión, anunciada en sus redes y profundizada en el podcast Bazar Atomico, no responde a un ajuste de costos ni a la falta de ingredientes, sino a un detonante cotidiano: responde al hastío de una escena que se repite con frecuencia no solo en Trippa, sino en muchos restaurante. Una semana atrás, dos clientas jóvenes llegaron al local en el segundo turno de la noche buscando únicamente las famosas tagliatelle que habían visto repetidamente en redes sociales. Al enterarse de que  el plato se había agotado, la frustración fue inmediata. El propio Rossi salió al comedor para transmitirles una reflexión directa:

Dejen de mirar Instagram. Si no hubieran visto las tagliatelle en las historias, habrían disfrutado la velada con curiosidad, dejándose sorprender por lo que había en la carta.

Este episodio me hizo pensar en la tensión —cada vez más agónica— en la gastronomía contemporánea: ¿dónde termina la propuesta creativa de un restaurante y dónde empieza la exigencia del público de revivir una foto ajena?

El fenómeno del plato viral ha transformado la psicología del comensal. Para un sector creciente de clientes, la visita a un restaurante ya no nace de la curiosidad, sino de la confirmación. Se acude al local para probar el trofeo visual previamente consumido en una pantalla, convirtiendo el comedor en un set fotográfico y el plato en una prueba de asistencia. Cuando esto sucede, hay varias aspectos a tomar en cuenta.

Si un plato alcanza ese estatus, la cocina corre el riesgo de convertirse en una línea de montaje. El equipo de cocina se ve obligado a repetir mecánicamente una fórmula para satisfacer la demanda de un público flotante que no siempre busca entender el proyecto gastronómico, sino consumir un hito. Me explico, una cocina de cara al público necesita estandarizar sus procesos, pero esto no significa que el restaurante se convierta en una fábrica china de alimentos enlatados. Esta dinámica ahoga el ritmo natural de la cocina de mercado, donde los ingredientes cambian según la estación y la disponibilidad diaria de los pequeños productores, y por consiguiente habrá un cambio en el menú.

El debate admite matices legítimos. Desde la perspectiva del cliente, quien paga por una experiencia gastronómica busca con frecuencia la certeza de probar aquello que consagró al lugar. Eliminar el plato más popular de la carta puede percibirse como una postura de soberbia o una provocación innecesaria. Al fin y al cabo, los platos icono son también el sostén económico que permite financiar el experimento en otros platos del menú. Sin embargo, para un creador, mantener un plato de forma indefinida únicamente por presión comercial puede convertirse en una jaula de oro.

Sin embargo, la discusión no fue unánime a favor de Rossi. Parte de la crítica gastronómica italiana y de la prensa especializada tildó la medida de contradictoria. Acusaron al chef de cometer una suerte de lesa maestà (el término irónico que usa la prensa italiana para los “sacrilegios” gastronómicos) contra su propio público.

Para muchos analistas, castigar o juzgar al cliente que busca el plato estrella es una postura paternalista: al fin y al cabo, Trippa construyó su enorme popularidad apoyándose en esas mismas redes sociales. Se señaló también la paradoja de utilizar un podcast masivo e Instagram para anunciar que el chef se retiraba de la dinámica de las redes sociales, interpretándolo no como un gesto de pureza gastronómica, sino como un nuevo movimiento de relaciones públicas para mantener la conversación sobre la trattoria. ¿Hasta qué punto es legítimo culpar al comensal por querer probar la receta que el propio restaurante convirtió en mito?

El caso de Diego Rossi en Milán pone de manifiesto que el verdadero valor de sentarse a la mesa reside en la capacidad de dejarse llevar. Cuando la experiencia gastronómica se reduce a una lista de verificación digital, se pierde la improvisación, el diálogo con la sala y el descubrimiento de lo inesperado.

Un restaurante no es solo un dispensador de certezas; es una propuesta interpretativa. Y para que esa propuesta siga viva, el cocinero necesita el margen técnico y mental para evolucionar, incluso si eso significa retirar del menú aquello que todos esperaban encontrar.


Una frase para la semana

Cuando la expectativa de los demás define lo que creas, la técnica permanece, pero el alma del oficio se apaga.


Un detalle de Italia

La “Cultura del Lido” y el ritual roto de Ferragosto

El drama del verano italiano siempre es el mismo: ir a la playa, usar el Lido (balneario) de confianza y pasar así quince días, sobre todo cerca del día de ferragosto (a precios módicos), el emblemático feriado del verano italiano, que se celebra el 15 de agosto en honor a la Asunción de la Virgen.

Hasta hace unos 15 años, o un poco más, las vacaciones eran sagradas para los italianos. Incluso más que la Navidad y el Año Nuevo. Le ferie eran la excusa perfecta para regresar a casa, visitar la familia y tomar sol hasta dorarse como si fueran tejas, y comer aquellos platos que se preparaban especialmente para pasar el día completo a orillas del mar.

Pero han cambiado mucho los tiempos y los bolsillos. Cada año la situación empeora gracias a la casi nula paridad de los sueldos con los costos de los balnearios y la inflación en general. El Sindicato Italiano de los Balnearios informó que, hasta el momento, se registró una disminución promedio del 15% en la afluencia de visitantes, con caídas de hasta el 25% en algunas regiones como Calabria y Emilia Romagna. Más allá de las cifras, en muchas localidades —especialmente durante los días de semana— las sombrillas de los establecimientos balnearios, que dominan la fisonomía de las playas italianas, permanecieron vacías, y el 15 de agosto, día de Ferragosto, que está en la esquina, se vislumbra como el peor verano de los últimos años, tumbando así una tradición que parecía inamovible: un estate al mare.

Nos vemos la próxima semana,
Cinzia


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