Como acompañamiento a los episodios de la serie Las mesas que nos forman, en mi podcast Sobremesa sin filtro, traigo una entrevista que nació gracias a un alfajor.
Apareció ante mis ojos en un reel de Instagram y no pude contener la curiosidad. Entré al perfil de vale.amantea y, al ver que estaba aquí mismo, en Amantea —donde vivo desde hace más de dos años—, le dejé un comentario: «Muero por probarlos». Días después vi su pastafrola (la versión argentina de la crostata) y le escribí al teléfono del perfil para saber si vendía bajo pedido o si tenía producción continua. Pura curiosidad.
Valeria respondió de inmediato. Un poco tímida, no entendía bien mi interés por entrevistarla, pero mi interés creció al escuchar sus mensajes de voz en lugar de un currículum.
Desde hace tiempo busco a mi alrededor personas de otras latitudes dedicadas a la gastronomía que fusionen su cultura con lo local. Tal vez mi origen multicultural caraqueño me reclama ese espacio vital que permite no solo conocer gente interesante, sino tener de primera mano un «nuevo» sabor fruto de una fusión. Sin embargo, lo que comenzó como una charla sobre dulces argentinos terminó convirtiéndose en una conversación donde la vulnerabilidad, la confesión y la admiración desplazaron a los postres de manera silenciosa pero tajante.
No hablamos de recetas ni de ventas. Hablamos de la mesa de origen. Como si el destino hubiese preparado la entrevista a mis espaldas.
Valeria llegó a Amantea desde Misiones, Argentina, el 27 de noviembre de 2022. Era pleno otoño, con ese aire frío que anuncia el invierno. Llegó en tren desde Roma junto a su marido y sus dos hijos, a un pueblo donde no tenían a nadie. Los antepasados de su esposo eran de aquí, pero no quedaba un solo familiar cercano. Eran, como ella dice, «los cuatro solos».
Hoy, ver crecer a sus hijos de 16 y 11 años la enfrenta a su propio futuro. Sabe que ellos harán su vida y tiene claro algo fundamental: no quiere repetir la historia de su madre, ni convertirse en una carga para ellos. Quiere una vida propia e independiente.
Pero para entender esa búsqueda hay que volver atrás.

Una niña que aprendió a compensar
Valeria nació con diplejía espástica, un tipo de parálisis cerebral que afecta principalmente a sus piernas. Esta condición no comprometió sus capacidades cognitivas: estudió, se graduó en la universidad y formó una familia. Pero vivir con ella nunca fue sencillo.
Durante años ni siquiera podía pronunciar la palabra discapacidad. En su casa jamás se habló del tema; no hubo una conversación donde le explicaran qué significaba su condición o cómo acompañarla. Ante ese silencio, Valeria aprendió una estrategia: compensar. Sintió que debía destacar en otra cosa para ganarse un lugar. Si había algo en lo que se diferenciaba, intentaría sobresalir para obtener la atención que en su casa parecía difícil de conseguir.
Así llegó a la Licenciatura en Genética, una carrera extremadamente exigente que hoy sospecha no haber elegido por azar.
Creció en una familia disfuncional marcada por las peleas y la distancia. Y en medio de ese universo emocional, hay una ausencia que con los años adquirió un significado enorme: no recuerda haber compartido una mesa familiar. No había almuerzos ni cenas juntos; faltaba ese espacio cotidiano donde una familia se sienta a conectar.
Cuando la mesa no existe, la comunicación se quiebra.

La fe y el desapego
A los quince años encontró un refugio en la fe cristiana. La iglesia la protegió en una etapa de gran vulnerabilidad emocional, pero también la aisló. Durante años, su mundo se redujo casi exclusivamente a ese entorno.
Fue la universidad la que le abrió la mente y expandió sus horizontes. El estudio de la Genética y la mirada de su esposo la ayudaron a salir de ese encierro. Hoy la fe sigue en su vida, pero ya no desde un lugar rígido ni defensivo.
La mirada del otro y el peso de la migración
En Italia, la búsqueda de independencia tropezó con la realidad laboral. A pesar de su título universitario, la primera impresión de los demás suele detenerse en su forma de hablar o de caminar, vinculando equivocadamente la dificultad física con una menor capacidad profesional.
Una entrevista de trabajo la marcó profundamente: sintió que no la evaluaban por sus conocimientos, sino por su cuerpo. Comprendió entonces que necesitaba construir un camino propio, donde su valor no dependiera del juicio ajeno.
A esto se sumó el estrés acumulado, la burocracia del sistema sanitario y la precariedad económica. El cuerpo terminó cobrando la factura de lo que la mente venía sosteniendo en silencio.
Los dulces como memoria y posibilidad
En medio de ese panorama reaparecieron los dulces. Empezó a hacerlos para sus hijos, rescatando sin darse cuenta la memoria de su propia madre, que también los preparaba.
Para Valeria, los dulces no son solo una vía de ingresos ni un proyecto en desarrollo; son la forma de recuperar su historia y trazar una independencia económica real. Es su manera de decir: «Queremos hacer lo nuestro».



Está aprendiendo a poner límites. A dejar de ser la niña que compensa, la estudiante que sobreexige su cuerpo o la adulta que acepta situaciones incómodas por empatía hacia los demás. Comprender la historia de sus padres ya no significa anular sus propias necesidades. Puede ser empática, pero sin cargar con todo. Puede tener una discapacidad, sin que esta defina la totalidad de su identidad.
Una vida que se sigue construyendo
Valeria no ofrece un relato de superación con un final perfecto. No hay un antes oscuro y un después luminoso. Hay una mujer que está aprendiendo a nombrar su discapacidad, a soltar la culpa, a desenvolverse en otro país con un nuevo idioma y a pensar en sí misma.
Y, sobre todo, está aprendiendo que no necesita compensar nada.
Llegó a Amantea con muchas incertidumbres, pero hoy empieza a tener algo claro: quiere que su futuro sea enteramente suyo.
La mesa que se elige
Valeria elabora pastafrolas y alfajores en una cocina que no es la de su infancia, en un país que no es el suyo, intentando dominar un idioma que aún se le traba en la boca. Y, sin embargo, cuando el olor a masa horneada y dulce de leche llena la casa, el mapa se borra.
Hay una magia sutil y conmovedora cuando construyes una mesa fuera de tu área natural: la nostalgia -que puede ser un arma de doble filo- deja de ser una pena para convertirse en un ingrediente. Los sabores y los olores de la memoria se conjugan con el presente de una forma que jamás imaginaste. No estabas buscando recrear el pasado, pero, al cocinar en tierras lejanas, el aroma a vainilla y mantequilla se vuelve un ancla.
Ella creció en Misiones sin una mesa que la sostuviera, sin esa rutina cotidiana de sentarse a compartir. Y hoy, en la costa de Calabria, está fundando su propia tradición. Una mesa donde sus hijos aparecen atraídos por el perfume de la merienda; una mesa donde hay presencia, hogar y el calor de algo hecho con las manos.
Una mesa de origen no siempre viene heredada. Cuando migras, descubres que la puedes construir tú misma, con lo que tienes y desde donde estás, uniendo los pedazos del pasado con el presente para abrazar a los que amas.
Gracias, Valeria, por haberme hecho entrar a tu dulce mundo. Y por haberme hecho probar el mejor alfajor que he comido desde mi última visita a Buenos Aires.
Si quieres escuchar todos los episodios de la serie Las mesas que nos forman, aquí te dejo el enlace.
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